Érase una vez una utopía libertaria

Hay lugares en el mundo que no pertenecen a ningún país. Son terra nullius, tierras de nadie. En Europa hay una. Entre Serbia y Croacia, en la orilla oeste del Danubio se encuentra Gornja Siga. Para los pescadores locales no es más que un barrizal, pero para Vít Jedlička y sus amigos libertarios es un espacio virgen para la imaginación. El suelo soñado sobre el que levantar su micropaís: Liberland. Una utopía libertaria en el corazón de Europa.

Liberland se fundó en 2015, pero para entender su presente hay que remontarse un par de siglos. La Erste kaiserliche-königliche Donau-Dampfschifffahrts-Gesellschaft (es decir, la Primera Compañía Privada Imperial y Real de Navegación Danubiana) era a finales del siglo XIX la empresa de transporte fluvial más importante de Europa. Contaba con una flota de más de mil barcos que se fabricaban en sus propios astilleros y transportaban a más de tres millones de pasajeros y un millón de toneladas de mercancía al año. No obstante, los retorcidos meandros del Danubio suponían un problema. De modo que en la década de 1880 la EKKP decidió llevar a cabo unas faraónicas obras para desviar el cauce en más de trescientos kilómetros. Entre el nuevo y el viejo Danubio queda un territorio de marismas y pantanos; un espacio que no debió interesar a nadie porque al terminar la obra, la administración austrohúngara no corrigió el registro del catastro previo de 1817.

En 1945, con la constitución de la República Federal de Yugoslavia, se decide que la vaguada del Danubio señalará la frontera entre Serbia y Croacia. Como entonces tampoco se modifica el registro catastral del 1817, cuando Yugoslavia se descompone se produce un embrollo jurídico. Los croatas se ciñen al documento decimonónico y los serbios a la división hecha en el siglo XX. A lo largo de unos cincuenta kilómetros de frontera danubiana entre Croacia y Serbia, perduran bolsas de territorio de propiedad indefinida. La inmensa mayoría, en la orilla izquierda, se la disputan los dos países, mientras que nadie reivindica algunos retazos de la orilla derecha. Entre esas diminutas porciones de territorio abandonadas, muchas de ellas pantanosas e inundables, se encuentra Gornja Siga.

Es allí mismo donde un grupo de jóvenes políticos libertarios checos deciden instaurar su utopía libertaria. En abril de 2015, una pequeña expedición liderada por Vít Jedlička viaja hasta aquel territorio para clavar la bandera de Liberland. Vít es uno de los jóvenes dirigentes de Svobodní, el Partido de los Ciudadanos Libres, que acaba de conseguir un 5 % de los votos en las elecciones europeas y, en adelante, el primer ministro de aquel país recién fundado. Cuando la noticia llega a la prensa, se convierte en un fenómeno viral. En la primera semana de existencia, reciben más de doscientas mil solicitudes de ciudadanía. «Más vale crear tu propio país en un pantano insalubre que reformar el sistema»: ese es el provocador mensaje que repite Vít en los primeros compases de su epopeya danubiana.

Pero ni los serbios ni los croatas reconocen la legitimidad de la aventura libertaria. Ven en el movimiento de Vit un ejercicio frívolo que además se produce en una región cuya historia ya está atravesada de problemas fronterizos.  La policía se despliega masivamente para cerrar Gornja Siga. Por tierra, vigilan todos caminos que permiten acceder a la pequeña bolsa de territorio pantanosa. Por agua, las lanchas motoras surcan el rio sin cesar. Cualquiera que se acerque a menos de un kiló­metro de distancia de las aguas del territorio disputado es dete­nido. Algunos incluso pasan varios meses en la decimonónica prisión de Osijek.

Pero estos no son los únicos problemas. En el seno de la nueva nación emerge el conflicto. Aparecen las primeras dudas en el foro de Liberland: ¿cómo se financiará la sanidad si el Estado no recoge impuestos?  ¿Y qué pasará con los criminales?, ¿quién pagará las cárceles? ¿Y las armas?, ¿podrá llevarlas todo el mundo, sin excepciones? ¿Es preciso legislar sobre la edad mínima para dar el consentimiento sexual? ¿Los padres son propietarios de sus hijos? En caso afirmativo, ¿significa eso que pueden pegarles? ¿Una mujer tiene derecho a abortar hasta el último día del embarazo? Todos parecen estar de acuerdo en lo económico; pero el proyecto hace aguas cuando se tratan temas relacionados con la organización social.

Como sus fundadores no pueden pisar su tierra prometida, Vít Jedlička inicia un viaje por todo el mundo. Una gira con decenas de paradas en las que busca encontrar en reconocimiento de Liberland. En el camino pasa por la ceremonia de investidura de Donald Trump, por clubs de inversores, think tanks de la ultraderecha y salones de criptoentusiastas que no tienen ningún reparo en anunciar que por sus reuniones han pasado supremacistas, neonazis y adeptos de las teorías conspirativas antisemitas. Firma acuerdos con países como Somalilandia.  Intenta participar en la Copa Mundial de Fútbol de las naciones no reconocidas junto a Abjasia, Rutenia subcarpática o Laponia. Colabora en un concurso de belleza organizado por proxenetas en el que oportunamente gana Miss Liberland. Al igual que países como Austria, Samoa, Nieves o San Cristóbal, entra en el mercado de los pasaportes: a cambio de una generosa suma, un también generoso millonario puede adquirir la nacionalidad en el país para tributar menos. Pero a pesar de que el pasaporte de Liberland es el más barato de los que se pueden comprar en el mundo, no valen de nada porque el país no existe.

Timothée Demeillers y Grégoire Osoha narran las derivas de Liberland y su presidente Vít Jedlička. En la medida en que Liberland constituye un proyecto turbio con un enorme potencial de rentabilidad, atrae a un enjambre de mitómanos, falsos cónsules, políticos de pega y estafadores profesionales. Como le cierran el paso en los caminos oficiales, Liberland se arrastra por atajos, por redes paralelas. Poco a poco, la utopía libertaria se integra en un mundo oficioso que imita al oficial.

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