¿Era Stalin un chamán?

Hay en Siberia quien dice tener visiones del pasado y charlas con demonios que hablan de la guerra y del gulag. Presencias que arrastran hasta los abismos de la Historia y de mundos que ni conocemos. Ocurre siempre después de un trauma, de una grave enfermedad o tras el delirio blanco que desata el vodka. Donde los psiquiatras de la ciudad diagnostican un claro cuadro de esquizofrenia, la gente de la taiga, más al norte, reconoce el mal del chamán. Cuenta Hugo-Bader que se trata de un rito de paso, que los espíritus eligen a aquellos que son capaces de despegar los párpados de su tercer ojo.

Hugo Bader ha dedicado cuatro meses y cerca de diez mil kilómetros a través de Rusia para estudiar un fenómeno sociológico, etnográfico y religioso que atraviesa la cultura del país. Entre los bosques de coníferas, ocultos muchas veces o retirados en diminutas aldeas; cerca de los renos, los lobos y los camellos viven la mayoría de chamanes. Sin ese contacto puro con lo natural, no hay chamanismo. Por eso hasta allí peregrina gente de todo el continente en busca de un remedio, una respuesta, una salvación.

Jacek Hugo-Bader viaja hasta los confines helados de Siberia para asomarse al vacío que dejó la fe comunista. Al retorno de un pueblo a una identidad anterior, previa al País de los Sóviets y basada en la magia y el animismo. El cráter del Imperio Rojo se siente en las cifras: hoy en Rusia hay más pitonisas, susurradoras, brujas, curanderas, hechiceras, a las que hay que añadir chama­nes, videntes, bioenergoterapeutas, adivinadores, cabalistas, pro­fetas, magos, charlatanes, brujos, quirománticos, nigromantes, esoteristas, astrólogos, ocultistas, espiritistas, hechiceros, sana­dores y, en definitiva, trabajadores extrasensoriales registrados en la seguridad social que médicos colegiados.

Rumorean que Stalin era uno de los suyos y que este usó chamanes para combatir en la Segunda Guerra Mundial; el jefe de prensa del presidente exhibe sin complejos amuletos chamánicos para protegerse del virus; Artur Tsýbikov quemó cinco camellos para complacer al presidente Putin, quien viaja hasta el altiplano más seco y lóbrego de Siberia en busca de consejo chamánico.

El chamanismo en Rusia es una certeza y una incógnita. Hay tantas formas de entendimiento chamánico como chamanes. Es una fe sin dogma. No hay libro sagrado, no hay un decálogo ni una lista de mandamientos a la que aferrarse. El conocimiento es puramente oral y el conjunto de mitos, prácticas y ungüentos vive y muere con cada chamán. Hay expertos que tratan de estudiarlos y cifran, escriben y pautan, pero yerran, no entienden, no se ponen de acuerdo. Cuando el chaman Antoni cuenta que liberaron a una joven de un demonio arrastrándolo con el tam-tam del tambor hasta un espejo que luego rompieron, le pide a Hugo-Bader que no cuente estos secretos chamánicos: «Al lector europeo le resultará una ficción imposible de digerir».

Por suerte, lo cuenta todo mientras recorre la frontera que separa la credulidad del escepticismo. En este viaje ha escuchado hablar de los tres chamanes que protegían Stalingrado desde un avión militar durante la Gran Guerra Patria. Ha buscado a los herederos de Savéi, el chamán más poderoso de los siglos XX y XXI. Ha consultado a académicos que abjuraban del método científico y hasta ha caminado junto a Aleksandr, el Forrest Gump yakutio que avanza hacia Moscú decidido a derrocar a la serpiente alada que habita en el Kremlin y que no es otro que Vladímir Vladímirovich Putin.

La valía de Hugo-Bader como, reportero experto del mundo ruso está hoy más que probada por el éxito de sus libros -en España, El delirio blanco (Dioptrías), Diarios de Kolimá y En el valle del paraíso (La Caja Books)-, traducidos a múltiples idiomas y merecedores de premios como el Grand Presse, el de la Asociación de Periodistas de Polonia o el prestigioso English Pen Award. No en vano, ha sido considerado en numerosas ocasiones como uno de los más firmes herederos del maestro Ryszard Kapusci:ríski. No obstante, su carrera como reportero tiene algo de fortuita. Hugo-Bader era profesor de historia cuando le despidieron por su afinidad al sindicato Solidarnosé, un grupo perseguido durante la ley marcial de 1981. Tras aquello fue consejero matrimonial, pesó cerdos, cargó trenes y recolectó arándanos hasta que en 1990 empezó a trabajar como reportero para Gazeta Wyborzca, un medio que no tardaría en convertirse en una referencia mundial del reportaje gracias a su semanario Magazyn.

Así da comienzo una odisea literaria y periodística que aún perdura. Hugo-Bader da cuenta de un fenómeno histórico excepcional: el desmoronamiento de una de las potencias del siglo XX. «Tuve la suerte de presenciar la caída de un imperio, y ha habido pocos imperios en la humanidad», dice a menudo cuando le preguntan por su fijación por Rusia y la Unión Soviética. Entre sus escombros anida la nostalgia de la utopía comunista, la añoranza por la grandeza perdida y la suspicacia ante un capitalismo pujante que lo promete todo y consuela con poco.

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