Yo, precario

Hace diez años, en lo más hondo de la crisis económica y obligado por la aritmética de la necesidad, Javier López Menacho aceptó trabajar como mascota para una conocida marca de chocolatinas. Durante ocho horas al día bailó y cantó en el interior de un pesado traje sin ventilación. Su puesto duró lo que duró la campaña publicitaria, sin embargo, tardaron meses en pagarle. Dentro iba en calzoncillos. Este es solo el primer peldaño de un descenso a los infiernos del mundo laboral.
Yo, precario recoge las experiencias, vejaciones y desilusiones que el autor se ha encontrado a lo largo de la última década mientras saltaba de un trabajo temporal a otro. Es el testimonio lúcido de una precariedad que aún perdura y una crónica que narra pensando y cuestionando el trabajo como centro de la identidad contemporánea.
López Menacho ha recorrido los bares de Barcelona para auditar máquinas de tabaco; ha captado clientes en bicicleta para una empresa de telefonía; ha animado la final de la Eurocopa que ganó España; se ha enfrentado al delirio burocrático de los grandes sindicatos y, cuando creía haber abandonado la precariedad, ha vuelto para inventariar ropa interior de madrugada.

«Éste es un libro en el que la desesperanza se eleva con la risa, el fracaso camina con un cómico irreductible, y el protagonista, el trabajador despojado y humillado hasta el borde de la inexistencia, afronta la injusticia con la épica más sutil. El Precario es un héroe de la ironía» _ Manuel Rivas

Primera edición: septiembre de 2022
Género: crónica
ISBN:978-84-17496-65-4
PVP: 18,5€
Formato: 14 x 21 cm. | rústica con solapas
Páginas: 206

Tengo casi treinta años y siento que me han robado la esencia. Tiene que ver con el trabajo. En algún momento interioricé que solo es hombre quien trabaja y puede hacerse cargo de sí mismo. Yo no tengo trabajo estable y ni siquiera he aprendido a cuidar de mí. Mi único activo es no poseer nada. No tengo hipoteca, no tengo familiares a mi cargo, no tengo coche, no tengo piso, no tengo trabajo. Llevo apenas ocho meses en Barcelona y aún queda para cumplir el año, ese fatídico momento en el que haré inventario y me daré cuenta de que sigo a la deriva. El trabajo no me acompaña, pasó de mí y pasó de largo, como si en la calle se cruzaran dos desconocidos. Esporádicamente he trabajado, sí, pero a eso no se le puede llamar trabajo: son servicios que prestas para que te exploten y para que tengan trabajo de verdad otros, con el fin de que sus empresas funcionen y ellos puedan llegar a casa con el pan bajo el brazo. Ninguno de esos servicios me ha reportado dinero inmediato ni me ha servido para pagar el piso a fin de mes.