Sínora. Historias de la frontera de Europa y de las personas que la habitan

Cruzar el abismo de agua que separa Turquía de Grecia es la última alternativa de aquellos que lo han dejado atrás todo para alejarse de la guerra y la miseria. En la otra orilla del Evros, en la otra costa del Mar Egeo, allá, no muy lejos, espera el abrazo idealizado de occidente, la paz, el incierto brillo de los derechos humanos. Y en medio, las fronteras. En griego: sínora.

Andrés Mourenza emprende un viaje que va de la Historia al presente del confín de Europa con Oriente Medio. De él nos trae vida, memoria y voces, algunas ausentes, que constituyen la intrahistoria de lo que queda a un lado y al otro de la frontera. Sínora es la crónica de una odisea sin mitología, pero regada de monstruosidades. El cementerio sin nombre ubicado en la loma de una colina a las puertas de Sidiro en el que yacen centenares de muertos anónimos que no alcanzaron el otro extremo del Evros. La espera en los campos de refugiados, esos limbos donde el tiempo se espesa como el granito. El silencio en el vacío de las antiguas iglesias de Turquía. El frívolo encuentro del turista con el refugiado. O ese mapa que, nada más llegar a Atenas, informa a los migrantes en qué barrios campan los nazis de Amanecer Dorado.

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Primera edición: febrero de 2020
Género: ensayo / crónica / reportaje narrativo
ISBN: 978-84-17496-28-9
PVP: 18,80 €
Formato: 14 x 21 cm. | rústica con solapas
Páginas: 238

Cien, doscientos metros de navegación a través del río Evros y estarían en la Unión Europea. Ochenta, setenta metros, Europa cada vez más cerca. Atrás quedaban mil quinientos kilómetros de ruta desde Siria. Atrás, la atenazadora estancia en los destartalados barrios de emigrantes de Estambul en espera de un traficante. El pago: mil euros por cabeza. Cincuenta, cuarenta metros. El silencio cautivo de la noche, lleno de ruidos amenazadores. El agua que se filtra en la embarcación. El miedo. Veinte metros, diez. La barca alcanza la otra orilla del río. Están en Europa. Desembarcan torpemente, tropezándose con las raíces, resbalando en el barro, arañados por las matas, desconcertados por la oscuridad del bosque que les rodea.