Galleteras. La otra memoria de la galleta maría

_ Laura Sanz Corada

La galleta maría Fontaneda fue una presencia permanente en las despensas, las televisiones y las radios de los hogares españoles del siglo xx. Redonda, la cenefa en el borde, su nombre en mayúsculas ocupando el centro. Un talismán capaz de invocar el recuerdo blando del recreo y la leche caliente de la merienda. De lo dulce, de lo infantil, del descanso. Aún hoy ocupa un lugar importante en el imaginario colectivo. Pero tras su forma familiar también se hallaba una cadena de trabajo silencioso y feminizado; la coreografía de gestos precisos de las galleteras que revisaban, alineaban y empaquetaban los dulces recién salidos del horno.

Veinte años después del cierre de la histórica fábrica Fontaneda, Laura Sanz Corada, hija de una de aquellas galleteras, regresa a Aguilar de Campoo para adentrarse en el archivo industrial y familiar. Desde allí reconstruye la memoria del territorio y traza el retrato colectivo de una generación de mujeres que comenzaron a trabajar siendo prácticamente niñas, que crecieron junto a las cintas de envasado y vivieron como un duelo la venta de la fábrica a una multinacional y lo que vino luego: los despidos, la huelga, los encierros y, al final, los escombros.

Con una lírica desbordante, Sanz Corada avanza entre relatos esquivos e inciertos y testimonios poblados de olvidos y silencios para responder a una pregunta inalcanzable: ¿qué queda de la memoria de un lugar cuando este desaparece?

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«Laura Sanz Corada regala su mirada poética a la antropología y abre los cajones de la memoria. Este libro tiene olor, sabor y textura. Como esas cajas de galletas que, aunque se empeñen en guardar hilos y agujas, no pueden quitarse del todo su olor original». _ Virginia Mendoza

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8 de abril en librerías

Primera edición: abril de 2026
Género: ensayo
ISBN: 979-13-87713-13-3
PVP: 19,9 €
Formato: 14 x 21 cm. | rústica con solapas
Páginas: 204

Desde la obrera que la empaqueta hasta el ingeniero que controla la línea, desde el abuelo que se la ofrece al nieto hasta la mujer que las sirve en casa como acto repetido de una memoria laboral: la galleta en Aguilar es de todos. Aquí no existe el destete de lo dulce: ni de la madre, ni del pueblo. Fuera, crecer es renunciar a la galleta, sustituirla por el café amargo, por la autosuficiencia y por lo duro. Aquí no. Aquí permanece empapada en leche. Se come en la infancia, pero también en los turnos de descanso, en la jubilación, y en los duelos. ¿Sobre todo en los duelos? Se cuela en los bolsillos y en las mochilas; sobrevive en las cajas metálicas y en los uniformes de las fábricas nuevas.

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