A mis lectoras:
En pandemia, allá por el 2020, estaba aburrido, y, a su vez, tremendamente sumergido en la literatura. Por aquellas fechas me encontraba escribiendo Toda la violencia, que meses más tarde resultaría ganadora de la 74ª edición del Premio Adonáis de Poesía y del Premio Ojo Crítico de Poesía de RNE 2021. También esbozaba fragmentos, de vez en cuando, de lo que luego se convertiría en mi primera novela, Las luces de Hannover, que con el tiempo recibió el Premio Universidad de Sevilla en su XXVII edición. No obstante, seguía buscando historias y di, de manera casual, con la figura de Manolita Chen. Pero lo cierto es que después llegó algo de reconocimiento literario y los libros que publiqué se llevaron toda la atención. Aparte, apareció otro poemario, Polvo y tierra, que se publicó en 2024 en Isla Elefante. En esos viajes de presentaciones y festivales literarios, siempre se me achacó, o quizás me achaqué, que viniendo de donde venía, nunca había escrito nada sobre mi pueblo. La imagen de una novela sobre Manolita fue tomando cuerpo, y fui reflexionando que su historia me ofrecía todo lo que la voz de una posible nueva novela necesitaba: el rumor.
Sobre Manolita Chen todo y nada se sabe. Comencé a entrevistarla y me di cuenta de que un día decía una cosa y al siguiente la otra. No me descolocaba esto, al contrario: sin que ella se diera cuenta, me estaba ofreciendo el relato literario que buscaba. Yo quería una novela en el que la narración en primera persona destacase. Pero no la narración de un personaje que habla de su vida, sino de muchos personajes hablando sobre la vida de otros. Una crónica que no se basara en los cánones de la crónica. Una historia en la que las intervenciones mitificasen cada aspecto de la vida de alguien. Y ella me ofrecía mucho más: personas, escenarios, historia. Necesitaba saber si eran ciertos los parajes en los que había discurrido su vida. El barrio chino barcelonés se me presentó como un lugar mágico; la transición española, para la transexualidad, fue más dolorosa de lo que se podía pensar; la disidencia del barrio de Montmartre; la vida en la posguerra de un niño humilde que no quería ser niño; y, por último, sus hazañas, que me permitían poco menos que escribir una novela de aventuras.

La pared de enfrente no es una biografía sobre Manolita Chen, es una novela de ficción sobre Manolita Chen. La mayoría de los personajes son ficticios, incluso los de su familia. Todo nombre que coincida es pura casualidad. Sobre qué es verdad o mentira en esta historia, prefiero que sea el lector quien lo descubra. La novela se divide en cuatro capítulos, cada uno de ellos enfocado no sólo en un aspecto de su vida, sino también en la historia de la homosexualidad en el siglo XX, porque, si algo aprendí de las charlas con Manolita, es que ella representaba en cada época a muchos homosexuales, o, como le gusta decir, a muchas Manolitas.
Queda, por lo tanto, leer la novela, que creo que tiene de memoria democrática y de presente; de dolor, pero también de amor; de mucha verdad y alguna que otra mentira; de picaresca; de investigación policial; del habla nuestro de cada día; de ser hija y de ser madre; de lucha; y, sobre todo, de esperanza, de esperanza y dignidad.
Abraham Guerrero Tenorio