
Cuando empezaron a cavar la tierra prometida, los colonos de los pueblos nuevos sacaron piedras, salitre, arcilla, malas hierbas y poca tierra fértil. Pero los de San Isidro de Albatera encontraron algo más: cráneos y huesos de personas enterradas en lo que serían sus campos de labranza. No les dijeron, no sabían, no querían problemas: sobre las parcelas que obtuvieron con la adjudicación de la plaza de colonos había funcionado hasta hacía muy poco un campo de concentración, uno de los más grandes de los alrededor de trescientos que existieron en la España de Franco. Los números de la colonización y los de la concentración en macabra coincidencia.