Los escogidos

Hay al este de Medellín un pueblo que se alarga sobre el cauce del río Magdalena, un lugar donde la Historia colombiana más brutal se encuentra con el fuerte influjo del pensamiento mágico y religioso. Su nombre es Puerto Berrío y en su cementerio, junto al antiguo muladar, pared con pared con el muro de tumbas en el que yacen los desheredados, se levanta otro panal de nichos de colores. Los ocupan los ene ene, los nomina nescio, los guerrilleros y víctimas sin nombre que bajan por el río desde 1948. Los cuerpos que se quedan enganchados a las ramas y en las redes de los pescadores y que, al final, son recogidos por Pacho, el sepulturero que se ocupa de ellos por pura compasión.

Cuando los habitantes de Puerto Berrío escogen a un ene ene, le dan un nombre nuevo. Se encomiendan a él. Acuden a su lado para acompañarlo. Les hablan, les piden y, algunos, hasta dicen sentir su amparo. Cubren los nichos de pintura, ponen pegatinas y flores, pero siempre de manera que la palabra ‘escogido’, escrita en negro sobre la piedra de la tumba, pueda leerse como un grito de denuncia del horror.
Patricia Nieto, nombre clave de la crónica americana, ha escrito el relato de las últimas décadas de conflicto armado en Colombia. Con una prosa que deslumbra tanto como desgarra, Los escogidos se nos muestra con piel de novela, aunque en sus adentros corre la sangre de los hechos y de tantas voces asediadas por la amenaza del cieno y del plomo.

«Los grandes cronistas –y Patricia Nieto es enorme– no solo cifran: descifran».

_Alberto Salcedo Ramos

 

 

Primera edición: noviembre de 2020
Género: crónica
ISBN: 978-84-17496-43-2
PVP: 16,00 €
Formato: 14 x 21 cm. | rústica con solapas
Páginas: 128

El pabellón de caridad del cementerio de Puerto Berrío semeja un caleidoscopio. Cuadrados iridiscentes se reproducen ante mis ojos por el efecto de la luz de las dos de la tarde. Amarillos, ocres, magentas, índigos, púrpuras danzan sobre la superficie rústica de la sección destinada hace cuarenta años para los más pobres de una tierra bañada en agua, sembrada de bosques, iluminada por el oro, repleta de petróleo. Al lado de los desheredados han encontrado lecho los cuerpos inflados, perforados, picoteados que el río deja en playas oscuras desde 1948 más o menos. Los pescadores se cansaron de verlos deshacerse en jirones a la orilla del río. Hoy son colección y propiedad temporal de un pueblo que los rescata, los nombra, los sepulta y adorna sus tumbas como queriendo señalar que la muerte hace vibrar la vida.