La isla desnuda

_ Lola Nieto

Lola Nieto alquiló una casa en Kioto. Estudió el idioma, escuchó el canto de los pájaros en el jardín abandonado del vecino y oyó el escupitajo de un anciano que cada mañana pasaba junto a su puerta. Allí, tras paredes correderas de papel y sobre los suelos de tatami, habitaba un espacio situado entre dos reinos sonoros. Se movía entre el español y el japonés al igual que las itako —las chamanas ciegas que viven en el antiguo volcán de Osorezan— van y vienen del más allá para hacer hablar a los muertos.

La isla desnuda nos embarca en una travesía de ida y vuelta: nos adentra en los kanjis; los santuarios del shintō y sus rituales; los daimones, las chamanas y los kami; las atrocidades que recorren la historia de Japón así como su teatro, su cine y su literatura. Y nos devuelve a una lengua materna, contaminada y extrañada, en la que de los sonidos de las palabras brotan racimos de significados impensables. En estas páginas, la escritora contorsiona el lenguaje y deshace su historia hasta invocar el origen de cada término. El resultado es un encantamiento en el que resuena el dolor por la enfermedad del padre, la ternura y el silencio.

La palabra de la autora cae en la página como una piedra en un río. La reflexión, el diario y el poema se congregan aquí como las ondas concéntricas que se dibujan sobre la superficie del agua. La precisión, la plasticidad y la imaginación auditiva que Lola Nieto combina en esta obra delicadamente monstruosa la sitúan como una de las ensayistas más sugerentes de nuestra lengua.

28 de agosto en librerías

Primera edición: agosto de 2024
Género: ensayo
ISBN: 978-84-17496-90-6
PVP: 22,5 €
Formato: 14 x 21 cm. | rústica con solapas
Páginas: 288

Me pregunto cómo lograr el silencio. La ciudad muda en la que he vivido siempre no es un entorno silencioso. Mudo proviene de mutus, muttire, «murmurar, no decir ni mu». Silencio deriva de silentium y silere, que al parecer proceden de una raíz anterior a la latina, sei, cuyo significado es «caer, tirar»; de ahí la palabra semilla, por ejemplo. La semilla cae y da fruto. Estar mudo no implica estar en silencio. Quien enmudece quiere retener algo, ocultarlo, y para ello cierra los labios, cuchichea, musita, trata de generar un ruido disuasorio, confuso, que distrae de la posibilidad de escucha. Quien está en silencio deja caer el habla para que dé fruto. Tira las palabras a la tierra y espera a que germinen. Estar mudo es estar cargado de ruidos que ensordecen. Estar en silencio es aguardar la floración sonora.

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