Cuerpos de hojaldre

_ Sara Navarro Rioboó

En estos cuentos todo está al borde de quebrarse: los vínculos, la memoria, la voluntad, los cuerpos. Sus personajes viven asediados por el hambre, los insectos y el malestar. Deliran, se devoran unos a otros con ferocidad. Es ahí, en ese territorio extraño, donde habitan las hermanas siamesas que se disputan los órganos recibidos al nacer. Las mascotas que susurran a sus dueños en la duermevela. Las enfermedades que se heredan de madre a hija como una maldición. Los cuerpos de ocho piernas y varias lenguas que bailan por el deseo de los otros. Los adolescentes desquiciados por las conspiraciones, las leyendas populares y los fantasmas del antropoceno.

Con una prosa lúdica que huye de la solemnidad, pero con imágenes poderosísimas y perturbadoras capaces de llegar al tuétano del lector, Sara Navarro Rioboó desarma la idea de normalidad y convierte lo cotidiano en un escenario horroroso y patético en el que las líneas que separan la ternura de la crueldad y el amor de la dependencia se han borrado. Cuerpos de hojaldre es heredero de una tradición visceral del cuento sostenida por autoras como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Mónica Ojeda o Pilar Adón. En sus páginas puede escucharse el latido oscuro de una de las cuentistas más talentosas de su generación.

«Estos cuentos son ventanas a lo más perturbador de nuestra intimidad. Afilados, retorcidos y brillantes: algunas de sus imágenes no saldrán nunca más de mi cabeza» _ Mónica Ojeda

«Aquí los cuerpos se deshacen como capas de hojaldre: crujen, se parten, se multiplican. Entre lo íntimo y lo feroz, Sara Navarro Rioboó revela la cara más cotidianamente extraña de nuestra anatomía» _ Carla Nyman

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Primera edición: noviembre de 2025
Género: novela
ISBN: 979-13-87713-07-2
PVP: 15,9 €
Formato: 14 x 21 cm. | rústica con solapas
Páginas: 140

«Cuando ya no puede verla, Cesárea amasa las migas en una bola y se la mete en la boca. Saliva más aún; la deslizaría con gusto por el esófago y la dejaría caer plácidamente sobre el suelo de su estómago hasta que los ácidos la deshicieran. Pero en cambio se tapa la boca con una servilleta y la escupe dentro. Escucha a su hermana lejos, lejos, en la casa, trasteando arriba, y se atreve a hacerlo de nuevo, esta vez con un pedazo del bizcocho. Desgaja un trozo y se llena los carrillos, y cuando la masa se vuelve semilíquida, todo papilla, la vuelve a escupir. Sostiene la servilleta y nota su peso caliente. Saliva, leche y huevos. La mezcla reblandece el papel de las paredes y puja por salir, como un feto que asoma al mundo»

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