Las estupideces que hacemos los editores por un like

Hace unos días compré en un bazar el coche teledirigido más barato que tenían. Con tan solo dos botones, el mando apenas servía para mover el juguete hacia delante y hacia atrás. Le quité la carrocería de plástico y con unos cartones apañé una superficie estable sobre la que poner un libro. Esparcí unas cartulinas por el suelo e hice que el coche cargara con un ejemplar de El libro de los venenos mientras grababa desde arriba. Desde el plano cenital, el libro parecía moverse solo, como impulsado por el soplido mágico de la literatura o algo así. Hasta traté de hacer un poco de slapstick con el libro, pero no hubo manera.

Entonces pienso que quiero replegarme en el texto; dedicarme más a la lectura y a la edición y, sin embargo, estoy jugando con un coche teledirigido para hacer vídeos verticales que alimenten de contenido el algoritmo de Instagram y TikTok. Quizá exagero un poco, pero este es un buen ejemplo de lo disparatada y paradójica que es tantas veces la manera en la se cuentan y promocionan los libros. Podcasts, reels y streams se suman a las clásicas formas de dar la matraca con las novedades. Toda esa ingente cantidad de imágenes y sonidos tienen en común que mientras se escucha y se ve; que mientras se consume ese contenido no se está leyendo; que el propio material promocional del libro desplaza la lectura aunque su intención sea la contraria. Pero no quiero sonar apocalíptico. Las redes son muy útiles y abren un diálogo con otros lectores, autores y editores riquísimo.

Aunque con todo, la lectura es siempre otra cosa distinta a los podcasts, los reels y los streams, por mucho que estos nos ofrezcan la confortable sensación de estar cerca de ella. De eso mismo, de lo específico del acto de leer, y de otras tantas cosas, habla La escritura y el cuerpo, de Gabriel Josipovici. De cómo en la lectura hay siempre alguien aparentemente quieto o que se mueve ligeramente, hace un gesto de cansancio, de aburrimiento o como Tristram Shandy tira al aire su peluca o pierde el control sobre sus músculos. De cómo se da una suerte de diálogo corporal entre el autor y el lector. Así lo explica el autor:

Nos volvemos perfecta­mente conscientes del creador de este libro: de sus deseos, eleccio­nes y decisiones y, en última instancia, de la oscuridad y el silencio del cual emergen semejantes decisiones.

Esto se logra haciendo que el propio lector cargue con la tarea de la creación. En efecto, este ensamblaje, este objeto fragmentado, es también una ratonera diseñada para atrapar al lector. Cuanto más se repliega, intenta posicionarse en un lugar seguro por encima de la acción y se refugia en la silla en la biblioteca, más se enreda en los embrollos del libro. Una vez que ha comenzado a leer la novela no hay escapatoria para él: se le obliga a renunciar a muchas de las suposicio­nes que tenía antes de comenzar, y a formar parte de un proceso que no es solo de pérdida, sino también de descubrimiento.

Y esto, ¿cómo se logra?

Si todo esto también te parece fascinante, puedes leer las primeras páginas de La escritura y el cuerpo aquí. Para que el libro llegue a las librerías habrá que esperar un poco más, pero no mucho. Allí lo encontraréis el 15 de febrero.

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