Esta no es una lista de libros para el verano

Lectoras y lectores:

En la primera de sus prosas apátridas —esos escritos aforísticos y fragmentarios—, Julio Ramón Ribeyro exclama: «¡Cuántos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos!». Y describe los molestos montones que parasitan su biblioteca y cimentan lo que él llama «la montaña de lo ilegible». La cordillera de lo que está por leer quizá nazca allí, pero se extiende o tiene su réplica en mi mesita de noche o en las vertiginosas pilas del escritorio; del mío y quizá también del tuyo. Unas líneas más abajo, se pregunta: ¿Qué quedará de todo ello en diez o cien años, de todos esos libros escritos con pena y alegría? Seguramente nada: «Y a pesar de ello se sigue escribiendo, publicando, leyendo, glosando».

Ribeyro describe el pálpito paralizante que siente al entrar a una librería: las estanterías como nichos; las mesas de novedades como un espacio de olvido. Puede que estas palabras no cargaran con tanto drama: quizá solo formaban parte de una invitación irónica a no leer el que, paradójicamente, es el más recordado de todos sus libros. Sea como sea, me he acordado de este fragmento al ver la proliferación de listas con recomendaciones de verano, todas ellas escritas desde la inocente premisa de que ahora que tendremos tiempo libre podremos entregarnos a la lectura. Son listas refrescantes. Listas para desconectar. Listas para leer en la piscina. Listas para torrarse al sol.

Entiendo la utilidad de las listas y me hago cargo de lo convenientes que resultan para los suplementos, los periodistas culturales y los editores. Yo mismo estaba preparando una para enviarla por aquí. El correo se iba a llamar «Hay un libro de La Caja para cada lector de verano» e iba a intentar dibujar tres o cuatro tópicos veraniegos con la excusa de traer algunos libros de los que estoy orgulloso. Pero el gesto me ha parecido ridículo: como intentar modificar la orografía de la playa con un grano de arena.

Mientras dudaba, me he acordado de otro inicio de libro. Azahara Alonso abre su Gozo así: «¿En qué momento mi vida empezó a ser accesible solo en vacaciones?». La pregunta resuena y se amplifica sola: ¿en qué momento la lectura empezó a ser accesible solo en el tiempo de ocio, en los márgenes de la productividad? Quizá no confeccionar la lista es un ligerísimo acto de resistencia. Otro grano de arena en la playa. Quizá no la necesites y tengas alguno de nuestros libros en u particular montaña de lo ilegible. O quizás no: en ese caso, nuestro catálogo está al final del correo y nuestros libros en las librerías y en nuestra página web. O puede que Ribeyro tuviera razón y «quizás lo que pueda devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de cero».

Si fuera el caso, volveríamos en septiembre.

Feliz verano. Cuidaos. No trabajéis mucho. Leed lo justo.

R.

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