Tecnostalgia
Del filtro retro a la nostalgia en Netflix
Vuelven el vinilo y Super Mario. Vuelven la Polaroid, el pop de sonido ochentero y El Exorcista en remake. La fiebre retro se va adueñando de la tecnología y sus creaciones. Tecnostalgia, lo llaman. ¿Por qué le ponemos un filtro retro a las fotos? ¿Qué ideología subyace en ese gesto en apariencia casual o menor? Jasmin Cormier disecciona la inclinación nostálgica de la fotografía móvil actual. En su ensayo, explica cómo los filtros retro buscan conferir a las imágenes del smartphone la autenticidad y el aura del viejo álbum familiar, y cómo esa apariencia antigua las convierte en diques de contención simbólicos frente al capitalismo desenfrenado y la fiebre tecnológica. En la segunda parte, Mayka Castellano y Melina Meimaridis analizan la instrumentalización de la nostalgia que lleva a cabo Netflix con sus series. Estas dos visiones sobre la nostalgia tecnológica, manifestación de un profundo cambio cultural, coinciden en una misma inquietud: ante un presente asfixiante y un futuro que desasosiega, el pasado se ha convertido en el asidero más seguro. Va de retro.
Prólogo de Alez Zahinos.
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Votos
Violencia lírica, adictiva.
¿Con quién habla el protagonista de este relato? ¿Quiénes son las personas que lo observan? Y sobre todo: ¿de quién es esa voz que continuamente lo interrumpe?
Votos es el monólogo errático de un narrador que trata de poner orden a su pasado. En su voz frenética, cargada de un lirismo violento, caben la rabia, el erotismo, la duda, la enfermedad y, por supuesto, la nostalgia: una ansiedad desbocada por todo lo perdido.
Tras asombrar a la crítica con El niño que robó el caballo de Atila (traducida al inglés, italiano, francés, holandés, rumano, coreano, japonés y persa) y después del profundo Prólogo para una guerra, Iván Repila lleva su prosa más beckettiana a Votos.
Epílogo con entrevista nostálgica al autor, por Paco Cerdà.
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Yo, precario
Javier López Menacho
Hace diez años, en lo más hondo de la crisis económica y obligado por la aritmética de la necesidad, Javier López Menacho aceptó trabajar como mascota para una conocida marca de chocolatinas. Durante ocho horas al día bailó y cantó en el interior de un pesado traje sin ventilación. Su puesto duró lo que duró la campaña publicitaria, sin embargo, tardaron meses en pagarle. Dentro iba en calzoncillos. Este es solo el primer peldaño de un descenso a los infiernos del mundo laboral.
Yo, precario recoge las experiencias, vejaciones y desilusiones que el autor se ha encontrado a lo largo de la última década mientras saltaba de un trabajo temporal a otro. Es el testimonio lúcido de una precariedad que aún perdura y una crónica que narra pensando y cuestionando el trabajo como centro de la identidad contemporánea.
López Menacho ha recorrido los bares de Barcelona para auditar máquinas de tabaco; ha captado clientes en bicicleta para una empresa de telefonía; ha animado la final de la Eurocopa que ganó España; se ha enfrentado al delirio burocrático de los grandes sindicatos y, cuando creía haber abandonado la precariedad, ha vuelto para inventariar ropa interior de madrugada.
«Éste es un libro en el que la desesperanza se eleva con la risa, el fracaso camina con un cómico irreductible, y el protagonista, el trabajador despojado y humillado hasta el borde de la inexistencia, afronta la injusticia con la épica más sutil. El Precario es un héroe de la ironía» _ Manuel Rivas
